La vida tiene problemas pero lo importante es el amor y el cariño que le pongas
Angelita Sánchez Carrillo
Una mala experiencia fue lo que llevó a Angelita al voluntariado, la muerte de su marido, Carlos. Fue un golpe terrible para ella y quiso darle sentido a todo este dolor. “Cuando Carlos murió tenía una mirada de tranquilidad, y yo quería ver esa mirada en los ojos de otras personas. Así empecé yo el voluntariado” cuenta Angelita.
Muchas personas cuando pasan por situaciones tan dolorosas se hunden, pero esto no fue lo que le pasó a ella. “Pensé en la suerte que había tenido él, dentro de lo que le había pasado. Estando rodeado de su familia, sereno, tranquilo. Y a partir de esa experiencia familiar decidí que parte de mi tiempo lo iba a compartir con personas que estaban pasando situaciones difíciles en sus vidas.
En realidad, hacía años que Angelita ya había hecho sus pinitos en esto del apoyo a otras personas, cuando trabajaba, aunque esa no había sido su intención. Durante 8 años, organizó un taller de manualidades. Allí restauraban muebles, hacían pintura de seda y multitud de diferentes actividades. “El taller, también era como una terapia de grupo. Lo tenía lleno siempre. Porque había muchas señoras que no sabían ni rellenar un talón. Se quedaban viudas y no sabían lo que era rellenar un talón. Y entonces, nos ayudábamos unas a otras”.
Cuenta que en ese taller, económicamente le fue muy bien pero que anímicamente le fue mejor. Allí, en torno a su taller, se reunían señoras con muchos problemas y se ayudaban las unas a las otras, cada una dando lo mejor de sí misma. “Todavía hay gente que me ven y me dicen: ¿Por qué no vuelves? Y les respondo: segundas partes nunca fueron buenas” cuenta entre risas.
“Para mí el voluntariado fue como cuando vas a Cazorla y ves el nacimiento del río Guadalquivir, que es una cantidad de agua muy pequeñita pero en la medida que avanza y se va nutriendo de todos los afluentes llega a convertirse en un enorme caudal. Pues con el voluntariado sucede igual, cuando comienzas crees que vas a ser tu sola pero vas conociendo a otras personas que hacen lo mismo que tú, se van uniendo fuerzas, experiencias, motivaciones. Y aparte de lo que supone participar en una solidaridad organizada, también está lo que recibes de las personas a las que diriges tu solidaridad. Das pero recibes mucho y ya cada día quieres más porque el voluntariado te engancha, en el buen sentido de la expresión”
Una de las experiencias más bonitas fue el tiempo que estuvo como voluntaria en la cárcel de mujeres, junto a la ONG Horizontes Abiertos. “Teníamos varias misiones, una era acompañarlas una tarde, charlar con ellas, saber qué es lo que querían, hacerles algunas gestiones. Cosas como recoger los zapatos y llevárselos a arreglar, clases de costura, clases de labores, clases de cocina. Los niños salían dos fines de semana al mes y los llevábamos de excursión” cuenta la voluntaria
Angelita todavía recuerda como fue el primer día que asistió a la cárcel. “El primer día, hacía poco tiempo de la muerte de mi marido y cuando llegue allí, la verdad, entre lo que yo llevaba encima y cuando vi esas madres con esos niños. Me entró una pena, viendo las diferencias que tenían con mis hijos, y entonces se me cayeron las lágrimas. Y vino una chica, me dice: ¿Qué te pasa? No estés triste. Fíjate como estamos nosotras y a pesar de todo la vida merece la pena vivirla. Eso fue el empujón como, diciéndome: “aquí hay que morir””.
Pero Angelita vive su “envejecimiento activo” en otros escenarios como los cursos de verano de la Universidad Pablo de Olavide en Carmona y “junto con otras tres o cuatro personas de mi edad dábamos charlas a universitarios y así he disfrutado mucho compartiendo, con estudiantes la forma como yo he afrontado mi envejecimiento. Tras escucharnos nos transmitían que nuestra experiencia les ayudaba mucho a hacerse una idea mucho más real de las personas mayores actuales, porque la mayoría siguen con la idea de la persona mayor como anciana y fuera de juego de la vida social. Parece ser que escucharnos y vernos les hacía cambiar la idea en positivo”.
También a través de CONFEMAC nos cuenta que tuvo “la suerte de poder colaborar en un programa de la Consejería que fue la elaboración del Libro Blanco del envejecimiento Activo. Allí conocí a gente fantástica” asegura Angelita. Lo que trataban de hacer a través de este libro, era ver como se podía organizar una vejez productiva y conectar con los jóvenes para que no hubiera tantas diferencias intergeneracionales”.
Angelita asegura que lo peor que se puede hacer, es pretender que una persona mayor se vuelva invisible: los “Mamá no sabes”, “tú te callas”, “déjate”, “no hagas esto”, “tú ya no puedes”... Afirma que las personas mayores pueden hacer todo lo que quieran, aunque muchas personas no se den cuenta.
Para ella el envejecimiento activo es “estar al pie del cañón hasta que el cuerpo aguante. Mientras puedas. Yo ahora mismo, no tengo el mismo “repriss”, como los coches, que cuando tenía 30 ó 40 años. Ahora tengo 67, y estoy muy contenta de mis años y de poder seguir cumpliéndolos”. Y concluye diciendo: “¡claro que hay problemas en la vida! Y yo también los tengo, pero lo que verdaderamente importa es lo llena de amor y el cariño que le pongas”
Angelita